Ya no me quedan fuerzas para seguir indignandome. Estoy cansada. Un año luchando por intentar estudiar, un derecho, un derecho que pago (y a un precio alto).
No me apetece seguir reivindicando mi derecho hacer clase, ha estudiar... Y es que hoy he leido un comentario que me ha sacado de quicio. Una estudiante, una persona a la que nunca he visto, explicaba los motivos por los cuales se manifestaban ocupando las aulas y parando las clases. Lamentablemente la explicación expuesta no me ha convencido: estudiar y trabajar, falta de recursos económicos y un futuro mejor. Todo ese discurso, ¡que bonito! Nada más lejos de lo que llevo haciendo yo desde los 18 años, nada nuevo la verdad. Quizás yo no proteste de forma explicita, pero no puedo protestar impidiendo el bienestar de otros, impidiendo que fluya mi propio bienestar.
Moralmente no podría protestar por algo que está mal (Plan de Boloña) entrando en un sala, en la que se está impartiendo una conferencia (lo que implica que hay una persona ajena a la universidad que gentilmente ha decidido dedicar su tiempo, provablemente muy valioso, en brindarl un poco de su conocimiento a unos jóvenes estudiantes) para reprochar a aquellos estudiantes su voicot contra la protesta. ¿Es la mejor forma ésta? ¿Reivindicar que algo está mal con hechos de la misma calaña?
Sinceramente, no hay excusas. El Plan de Boloña no hay por donde cogerlo y quedaría perfecto en una de las múltiples hogueras de Sant Joan pero es una realidad, existe, está ahí y, desgraciadamente, no se va a ir. Sigamos gritando ¡NO A BOLOÑA! pero sin dejar de lado las formas, la coherencia y el sentido común; que al parecer se quedó en la anterior cafetería.
Los cambios, en algunas situaciones, no son buenos. No caigamos en su juego.
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